2006-03-29

Cuento: La línea nueve

Josep empezaba a entender que no había sido una gran idea, su convicción de persona responsable y de razonamiento estrictamente objetivo no encajaba con su situación actual y lo percibía como un desánimo, igual que en sus años de universidad cuando sus compañeros de clase le acusaban de ser el formalito y niño mimado de Estapé. Pero en esos tiempos se lo tomaba con filosofía, esta vez era peor, el mundo lo espiaba cada día, cada frase era analizada por críticos, columnistas y demás parásitos del circo político, esto les daría carnaza, se estarían riendo de él durante todo un año si la prensa se enteraba. Además notaba los primeros síntomas de asfixia y la vista se le nublaba poco a poco, su mente caía en esa espiral de decaimiento, antesala de sus depresiones, su mujer no se lo perdonaría; María era frágil y esta vez se iría de casa, si llegaba borracho y con la prensa aireando trapitos ya se podía despedir de ser ejemplo y santo y seña para sus votantes; Aleix se lo iba a comer en el próximo congreso del partido.

Josep Lluís y Pascual parecían estar en peor estado que él, por eso había decidido, en un momento de lucidez, ser él el que llevara el coche.

- Escúchame Josep, ahora que estamos empezando a intimar podrías decirme. ¿Porque coño tu partido me jode con el tema de la línea nueve?... Que si hay inseguridad en la perforadora, que si los vecinos se quejan, mierda, esto nos va a salpicar a todos en las municipales.

- Pascual. ¿Ahora sales con esas? No te aguantas ni los pedos, tienes aliento de vodka de garrafón y se te ocurre sacarle el tema de la línea nueve a Josep. - dijo Josep Lluís.

- ¡A callarse hostias! Que como nos pille un reportero trasnochado nos van a lapidar y eso será el menor de nuestros males. – dijo Josep ofuscado.

- Me encuentro fatal Josep. Voy a vomitar…

- ¡No! Encima de mí no, Pascual.

- ¡Cuidado que la atropellas!

Miró hacia delante a tiempo de ver una mujer con sus ojos tan abiertos que parecían preguntarle porqué, pensó Josep. Pero el golpe respondió por él.

Mientras se agarraba con desespero al volante y los nudillos se le marcaban hasta emblanquecerse, pisó con fuerza el freno, miró por el retrovisor y vio un brazo desde el codo hasta la muñeca con cortes y rastros de sangre, unido a un cuerpo que se intuía por las sombras que proyectaba por detrás de la rueda.

Empezó a tener temblores y calambres y parpadeaba de forma incontrolada. Esto era el fin de su carrera política y puede que hasta de su matrimonio ya en coma. Estuvo un minuto mirando por el retrovisor, congelado, con las manos petrificadas sobre el volante y sin atreverse a bajar del coche. Después miró a su lado y vio que Pascual no había vomitado, permanecía con la mirada vidriosa y desenfocada, sudaba copiosamente mientras que con la mano derecha, nerviosa, subía hacia el agarre superior de la puerta como queriendo evitar hundirse y no ahogarse ante la situación.

En el asiento trasero Josep Lluís se lamía el bigote mientras miraba espasmódicamente en todas direcciones hasta que habló:

- No hay nadie en toda la calle y esa mujer puede estar muriéndose. - ¿Deberíamos hacer algo, no?

Pascual reaccionó y se giró:

- Sí, llamemos a la policía, ellos se encargarán de todo, eso es lo que haría un buen ciudadano.

Entonces Josep los miró unos segundos a cada uno y habló:

- No debemos actuar sólo como ciudadanos; debemos actuar como ciudadanos que trabajan para la comunidad. Deberíamos llamar a la policía y también una ambulancia, puede que podamos salvarla.

Se cruzaron miradas durante varios segundos. Josep pensó que mañana debería pedirle a Pascual una entrevista, tenían que hablar de la línea nueve.

Aceleró.





No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada